
Sentado a los pies de la cama, ajusta los cordones de sus borceguíes, del cigarrillo, un delgado hilo de humo escapa hacia la pequeña porción abierta de la ventana. Ella va y viene por la habitación, recoge una a una las prendas desparramadas pero el mal consejo de la duda no tarda en fluir desde su cerebro hasta los labios…
- ¿Volvés? – deja deslizar desde su boca
- ¿Nos tenemos que dar explicaciones? – contesta sin apartar su vista de la puerta, detecta el silencio tenso y frío, demasiado frío para los veintitantos grados de esta noche de enero – Somos lo que somos. Lo que somos…
- ¿Nos tenemos que dar explicaciones? – contesta sin apartar su vista de la puerta, detecta el silencio tenso y frío, demasiado frío para los veintitantos grados de esta noche de enero – Somos lo que somos. Lo que somos…
Sabe que sus palabras han hecho menos que nada para dotar de calidez a este silencio, pero no sabe decir otra cosa, aspira con fuerza, intenta inundar sus pulmones de nicotina, un dolor sordo le recuerda que su pulmón izquierdo no logra ya ni ingresar aire, se toma el pecho, como hace treinta o cuarenta veces por día, una vez por cada cigarrillo encendido. Busca la billetera, saca dos “paquetitos” de billetes de a diez, cinco de ellos en cada uno, y un billete de veinte, los deja sobre la cama, ya no sabe si este tráfico podría suceder de no hacer ese gesto, a veces, tiene ganas de saber con certeza, pero, cada nueva vez, ha siempre preferido repetir el mismo procedimiento antes de ir hacia la puerta.
Resulta una procesión, no se acompañan hasta la puerta de calle, sólo coinciden en ese recorrido. Ella da vuelta la llave y el comienza a trasponerla.
- No vuelvas…
- Me extrañarías… – dice antes de perderse por el mismo rumbo de siempre
- Me extrañarías… – dice antes de perderse por el mismo rumbo de siempre
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