martes, 15 de junio de 2010

Curtido


Tractor afloja todo el volumen de su humanidad hacia el volante, ha intentado conducir recostado sobre el asiento, pero los riñones le molestan, a ver si así se calman un poco, toma Chacabuco y gira por 24, está medio cansado y eso que es temprano, ni llegan a ser las 9 de la noche, hoy tiene ganas de cortar temprano, desacelera lentamente y estaciona detrás del 18 de Tribilín, mientras acomoda la billetera no puede dejar de relojear a la rubia que espera en la puerta de la remisseria. Está buena, medio cheta para su gusto, pero está buena. Le hace una seña, Tractor, ni lerdo ni perezoso levanta el seguro del lado del acompañate y le devuelve la señal, la rubia rumbea hacia el Corsa y ya a un metro, Tractor puede sentir el aroma dulzón del perfume. “Carozito que me llevo” piensa Tractor y da contacto mientras la rubia se sube.

- Italia al 400…
- Entre… Urquiza y Tucumán
- Si vos decís…

Tractor es un tipo curtido, normalmente es como que las cosas se las pasa bastante por las pelotas, es difícil alterarlo o ponerlo de mal humor, en general, responde cualquier agravio con una sonrisa y como si no hubiese escuchado, aunque, con mucha sutileza, marca el territorio, un apretoncito en el hombro, una palmadita sobre la espalda, alguna forma de decir sin decir que: “Mejor no sigas, porque me voy a ver obligado a romperte hasta el alma”. Pero con la rubia esta, no da, capaz que si hace algo de eso lo termina denunciando en la “16” por abuso deshonesto, como que tiene pinta de estar medio pirata. Opta apenas por una media sonrisa y una mirada inquisidora de resfilón, una especie de: “Debes estar con la regla. ¿No, rubia?”.

Combustible


“Es miércoles, sólo otro miércoles”, piensa mientras intenta desperezarse, busca el atado de cigarrillos y enciende uno, tose un poco más seco que ayer y el dolor parece un tanto más intenso, procura incorporarse pero los pies le pesan de sobremanera… “Un toque más, sólo un toque más”, se dice mientras vuelve a acurrucarse en un sommier que ya se le antoja excesivo para sí mismo. Logra adormilarse unos minutos más, no más de media hora, pero suficiente para que el tedio de retornar al trajín diario se vuelva un poco menos insoportable.

Repite su monotonía, un café rápido y recalentar algo en el microondas, otro cigarrillo y un nuevo achaque de tos, corre al baño, regurgita hasta lograr escupir, no puede evitar analizar el catarro, distingue un hilo de sangre antes de abrir la canilla para que el agua se lleve esa inmundicia depositada en el lavabo. Trata de asimilar una corta bocanada de aire, pero su pecho le devuelve el mismo dolor. ¿Se preocupa?. Quizás, es una posibilidad, pero no más que eso. Aún no se ha bañado y casi como un reflejo deja que su palma empuje el bigote contra su nariz, olisquea un mórbido dejo de ella en él, siente su olor aún presente en esas pilosidades que ha dejado crecer sobre sus labios. “El amor es un camión a la salida de una curva”, se repite justo al sonar la alarma del horno a microondas, lo repite mientras un vaivén de su cabeza lo niega. “No”, se dice. “Ya no tengo tiempo de eso”, se agrega.

Devora la tarta recalentada, no podría decir si al menos lo satisface, sólo ingiere cada trozo como si se tratase de combustible para el Corsa.

lunes, 14 de junio de 2010

Me extrañarías


Sentado a los pies de la cama, ajusta los cordones de sus borceguíes, del cigarrillo, un delgado hilo de humo escapa hacia la pequeña porción abierta de la ventana. Ella va y viene por la habitación, recoge una a una las prendas desparramadas pero el mal consejo de la duda no tarda en fluir desde su cerebro hasta los labios…

- ¿Volvés? – deja deslizar desde su boca
- ¿Nos tenemos que dar explicaciones? – contesta sin apartar su vista de la puerta, detecta el silencio tenso y frío, demasiado frío para los veintitantos grados de esta noche de enero – Somos lo que somos. Lo que somos…

Sabe que sus palabras han hecho menos que nada para dotar de calidez a este silencio, pero no sabe decir otra cosa, aspira con fuerza, intenta inundar sus pulmones de nicotina, un dolor sordo le recuerda que su pulmón izquierdo no logra ya ni ingresar aire, se toma el pecho, como hace treinta o cuarenta veces por día, una vez por cada cigarrillo encendido. Busca la billetera, saca dos “paquetitos” de billetes de a diez, cinco de ellos en cada uno, y un billete de veinte, los deja sobre la cama, ya no sabe si este tráfico podría suceder de no hacer ese gesto, a veces, tiene ganas de saber con certeza, pero, cada nueva vez, ha siempre preferido repetir el mismo procedimiento antes de ir hacia la puerta.

Resulta una procesión, no se acompañan hasta la puerta de calle, sólo coinciden en ese recorrido. Ella da vuelta la llave y el comienza a trasponerla.

- No vuelvas…
- Me extrañarías… – dice antes de perderse por el mismo rumbo de siempre

Una mueca


Toca el timbre y espera, prende un nuevo cigarrillo dejándolo entre sus labios mientras frota las manos sobre sus muslos, hace un recuento rápido de la reca, le quedaran doscientos cuarenta, doscientos treinta mangos limpios. Buen día, para martes, muy buen día… El ruido de la llave y cierta ansiedad que no puede evitar ante el movimiento del picaporte. La Negra calza una babucha holgada y una remerita que no dice mucho, está de zapatillas, todo indica que este encuentro ha sido casi fortuito, una concomitancia de factores que la dejaron mucho después de hora en el departamento. La casualidad no molesta a Tractor, es más, desde que carga al Gaucho en la espalda, este reino de lo fortuito es algo que parece moverse a favor de sus ansias.

La Negra lo saluda e inquiere sobre su presencia trasnochada, Tractor apenas da una mueca mientras torna un poco la cabeza hacia el costado y encoge los hombros, no es un acto conciente, apenas sigue siendo algo que se le desliza, como tantas otras cosas que surgen de algún tiempo negado, él debería recordar que ese gesto, precisamente ese gesto ambiguo es su “arma”, allí escapan los ojos pícaros de nene eterno como si esa media sonrisa quebrase el cerrojo impuesto por un rostro curtido de años y sinsabores. Se rasca la barba y los ojos, pícaros, ambiguos, escrutan la figura de la Negra, sabe que no necesita decir más nada.

- Dale, pasá, pasá… Pedazo…

Transitan el pasillo hasta el interior del departamento, no hay palabras, apenas si escapa una mirada de reojo, llegan hasta el pequeño estar, ella sonríe y él devuelve otra mueca, la mano de la Negra lo toma por la nuca y lo empuja contra sus labios, Tractor no hace más que entreabrir la boca, sólo se deja llevar hacia ese resquicio de tiempo, ese singularidad en que las manecillas del reloj parecen detenerse, sólo deja que fluya hacia la misma desesperanza, hacia el mismo sinsabor desnudo de palabras.

miércoles, 9 de junio de 2010

Buenos pibitos



Serán las once y algo, once y treinta y cinco reza con mayor precisión el reloj del Corsa, ya tiene una moneda, comienza a calcular y da para la frecuencia más unos cuarenta de combustible, es más, le quedan diez o quince mangos más los doscientos del viaje a Carcarañá, marca la base en el handy.

- Negro, te saco un par de cañitos más y me pianto…
- Eh… No seas que me quedo sin autos…
- Y… Quilombo del Gurí, que empiece a tomar chóferes como la gente…
- Sos un hijo de puta – dice el Negro con media risa – Qué pedazo de vago que sos…
- Y… Se hace lo que se puede, Negro, dale que te limpio la planilla y me pianto.

Le tira dos cañitos y uno medio largo para el lado del Ludueña, piensa en putearlo al Negro pero se da cuenta que en realidad lo termina arrimando, entre los dos cañitos pasa por la remissería y deja el handy, justo le queda de paso, cualquier cosa modula por el celular. Va a buscar el primer viaje, escribe un mensaje de texto, escueto, como casi siempre, no dice más que “Vas a estar en una hora?”. No espera respuesta y saca el primero, pasa por la remissería, toca bocina y el Negro sale a buscar el handy, le da una puteada, pero todo bien, sabe que igual Tractor siempre lo zafa.

La respuesta no llega, se impacienta mientras pega la vuelta por Necochea para buscar el otro cañito, quizás se durmió o ya no esté en el departamento, suben los pasajeros y rumbea para Spiro al 300 bis, enfrente del pasillo del Amado, llega otra vez a destino y el mensaje aún no llega. Rumbea por Quintana para Grandoli y de ahí para el santuario del Gauchito en Alize y Lamadrid, el viaje es para el pibe de la Rosa y cuando se trata de ellos, Tractor no se pregunta demasiado que van a hacer tan lejos y a estas horas.

El Diente sube con Tanque, tiene pinta que los pendejos se van de trampa, Casilda al 7000 y pico, Tractor no sabe de ningún “kiosco” por ahí, el que conoce está para el otro lado de Provincias Unidas.

- ¿Le damos por Circunvalación? – pregunta Diente
- Al pedo… – contesta Tractor – A esta hora… Agarramos Seguí, Provincias Unidas, no están ni los chorros en la calle… Vamos de un tiro – agrega mientras le da play al compact de La Contra.

El mensaje no llega… “Bue, no siempre se gana”, piensa mientras se las arregla para esquivar los pozos de Seguí manteniendo los setenta de velocidad. Diente le pregunta algo que Tractor contesta a medias, luego siguen conversando con Tanque. Sí, se van de trampa con unas pibas de allá, algún día Tato les tendría que poner los puntos, con la bronca fulera que carga el tío, los pendejos se exponen mucho y… Son buenos pibitos, son buenos pibitos. Provincias Unidas está aún más desierta que Seguí, apenas un rebaje en los pasos a nivel, la rotonda de las Cuatro Plazas y al cruzar Córdoba para enfilar a destino. Tractor afloja un “25” que Diente paga sin problemas, serán dieciocho del viaje y el resto por portación de apellido, Tractor pone primera y suena el celular… “Venite” dice un mensaje tan escueto como el enviado.

Humíllate



“La Santa” supone que canta pero no hace más que lanzar una serie de alaridos cuya relación con la musicalidad es la misma que guarda el chancho con la velocidad, sus gritos casi espasmódicos no alcanzan para silenciar la voz de Marcos repitiendo: “humíllate… Siente lo que yo sentía cuando me dijiste adiós… Húndete en la soledad, en la tristeza y el dolor… humíllate del mismo modo en que lo hice yo”.

Tractor no tiene un gusto particular por la cumbia, pero no puede evitar utilizar el volante a manera de bongo.

- Ja… Mirá el roquerito… – ríe “La Santa” buscando la complicidad la Gise que viaja en el asiento trasero.
- Y… Cuándo uno es negro, es negro, Santa – contesta Tractor lanzando una risotada que espanta más de lo que acompaña.

El viaje ha ido como siempre, rumbear por la 9 y llegar a la crucecita que seguramente recuerda alguno de tantos choques, dejar las balizas puestas y esperar que llegue el 307, apagar las balizas, “La Santa” se baja, intercambian paquetes y vuelve a subirse, Tractor espera que el 307 salga arando como siempre y pega la vuelta de U. Tranquilo, doscientos mangos al toque y sin mucho riesgo… Tribilín, alguna vez, le preguntó si no tenía miedo a perder, Tractor, siempre corto de palabras, se encogió de hombros y le contestó: “ Bue, de última… Te ganarás algún viajecito a Ezeiza”. “La Santa” retrocede por enésima vez el tema, seguro que tuvo una pelea con Elvio y está rebobinando una y otra vez a tres maridos y cuatro hijos, apenas tiene 34, pero parece más, “La Santa” parece más, demasiado más…

- ¿Sabés…? Es que acá adelante viajamos los despechados…

Gise no contesta, está colgada mirando hacia un costado de la ruta, el porro era fuerte, Tractor no le dio ni una pitada pero el olor solo bastó para que se siente un poco embotado.

- ¿No, Tractor, no cierto que vos también estás despechado?

Él se encoge de hombros, sonríe y piensa en cortar con una broma, pero no.

- Santa, lo que pasa es que… Mirá esta curva. ¿Ves? Vos vas tranquilo, en la tuya, tomás la curva suave, sacando y poniendo el pie del acelerador pero regulando la velocidad… Vas fuerte, pero mantenés el control, sin embargo… Sin embargo, Santa, supone que a la salida de la curva nos apareciera un camión con acoplado de frente, no voy a poder hacer nada para evitarlo, ni tiempo para tirarte a la banquina te da… Pero, Santa, no importa la velocidad con la que venías, nada que vos hubieras hecho puedo haberte evitado el camión de frente a la salida de la curva…

“La Santa” se queda callada.

- ¿Ves? El amor es eso, un camión con acoplado de frente que te sorprende a la salida de una curva, no podés hacer nada, Santa, nada más que estrellarte.

miércoles, 2 de junio de 2010

La Santa



Tribilín no puede apartar los ojos del diminuto shortcito que viste la pendeja de enfrente. Ni llega a los quince, pero carga unas piernas de veintipico y unos glúteos firmes que se insinúan pecaminosos tras la tela colorada del short.

- No seas pajero. Es chica… – susurra Tractor al pasar junto a él
- Ésta también – responde indicando su entrepierna

Tractor se ríe y entra a la remissería para pedir el handy, no puede obviar la anatomía de Tribilín y pensar lo difícil que es imaginarse que ese flaco desgarbado con cara de nene eterno pudiese haber sido gente del Pimpi. Pero lo era y sabe que en las fuleras mejor tenerlo de amigo que del lado de enfrente.

El Negro le hace una mueca cuando lo ve entrar, algo se trae, desde que anda a las patadas con Gurí, el Negro está haciendo cualquiera, mejor para Tractor… Con Tribilín y el Pelado se están llevando los mejores viajes, algunos ya ni llaman a la remissería, van directo a los celulares. Toma el handy rápido y sale buscando el Corsa, sabe que el Negro le va a tirar un viaje corto, un cañito, pero le está guardando algo más polenta. Se pone a hablar con Tribilín, lo escucha, coinciden que si la noche viene floja pueden rajarse al City Center temprano, cosa que el Black Jack maquille la suerte, el handy suena, es un cañito. Desde Chacabuco y Seguí hasta Pavón y Esteban De Luca, sabe que el Negro lo está dejando en la zona por algo. Sube al Corsa y toma Guerrico para mandarse hasta el Pasaje Villar, apenas dobla por Chacabuco le llega el mensaje de texto. “La Santa” va a Carcaraña, frena, toca bocina y escribe “O.K.”, el mensaje no se envía, otra vez el mismo problema con el celular del Negro, va al buzón de salida, cancela el mensaje y pone reenviar, ahora sí.

Ni va a dar el libre, deja a la mina esta y se manda hasta Serrano, toma por el Parque Sur y de ahí busca Frías. Son doscientos mangos ese ida y vuelta con “La Santa”, en un par de horas lo hace, después vuelve, saca un par de viajes poronga para la frecuencia y el gas oil, y, listo, se corta, un puto martes con doscientos pesitos.